Las aventuras de Sean Penn

In Opinión by María Elena Meneses

Comentario en Antena Radio con Nora Patricia Jara

Mucho se ha escrito en las redes sociales y en los medios tradicionales en los últimos días del encuentro que el actor Sean Penn tuvo con Joaquín Guzmán Loera, El Chapo, mientras era fugitivo de la justicia. Un encuentro que se concretó con la intermediación de la también actriz Kate del Castillo y del cual resultó un relato de esta aventura y una breve entrevista publicada en la revista Rolling Stone.

La conversación en las redes ha sido prolífica y maniquea, y se ha centrado más que en la dimensión legal, en una dimensión ética. Qué bueno que sea así, porque es el talón de Aquiles del periodismo mexicano que no logra tener en su conjunto —con muy honrosas excepciones— una prensa profesional, independiente del poder político, empresarial o, incluso, del poder invisible, como denomina el politólogo Norberto Bobbio al crimen organizado.

Sin embargo, el enfoque de la conversación no es el adecuado, porque Penn no es periodista. ¿Qué es un periodista? Es el profesional que trabaja para un medio de manera retribuida, que se acoge a parámetros profesionales y que publica asuntos de interés público de manera periódica. Si nos acogemos a esta definición, la aventura de Sean Penn no puede ser analizada bajo categorías que pertenecen a un campo profesional y que podemos consultar en algunos códigos editoriales de medios, como el de la BBC y el de asociaciones profesionales que, por cierto, no prohíben las entrevistas con fugitivos pero sí en cambio imponen reglas.

Pactar las preguntas con un criminal, como fue el caso, no se debe hacer en el sentido prescriptivo de la profesión, por ejemplo. Usualmente en la cotidianeidad del trabajo profesional todo tipo de fuentes buscan a los periodistas quienes, con base en los códigos profesionales, deciden si se acercan o no. El código de la BBC señala que un periodista que es buscado por un criminal debe avisar a su editor.

En el caso Watergate, el editor Ben Bradlee y la dueña del Washington Post, Katherine Graham, estaban enterados de lo que investigaban Carl Bernstein y Bob Woodward. Me pregunto: ¿Qué código profesional violó Penn? ¿Y a qué editor se pasó por alto? La respuesta es: A ninguno. El que no profesionales se autoproclamen periodistas no quiere decir que lo sean y esto me lleva a otra reflexión: El desplazamiento del periodismo y su función social en este siglo.

En tiempos de redes sociales y plataformas digitales que promueven la autopublicación, por un lado se democratiza la esfera pública y, por otro, el papel de mediación de periodismo se diluye dando lugar a un escenario de caos informativo que no está mediado por códigos profesionales. Así tenemos a ISIS haciendo propaganda en las redes, en blogs y ahora a un par de actores famosos reuniéndose con un criminal publicando un texto que narra la riesgosa aventura que ya es una pieza de colección para Rolling Stone.

El encuentro de Penn con Guzmán Loera es espectáculo, es golpe mediático, pero no es necesariamente un texto producto del rigor profesional para ser considerado periodismo. No coincido con quienes desde las redes denuestan a Penn por su calidad de actor o sus filias políticas. Simplemente hay que dejar claro que son profesiones diferentes.

Eso no quiere decir que lo que resultó de ese encuentro no tenga aristas de interés público que merezcan una investigación oficial. Por ejemplo, Penn narra la candidez de la vida de Guzmán Loera y la aparente sumisión de la policía federal ante el hijo de Guzmán, hechos que merecen atención oficial y periodística. Es importante señalar y reconocer que investigar el narcotráfico no es asunto fácil para un reportero de a pie en México. Sean Penn es una estrella de Hollywood.

Hay algunos casos paradigmáticos en la historia reciente con los que se compara el encuentro de Sean Penn: Glenn Greenwald, el periodista que entrevistó a Edward Snowden en 2013 y John Miller que entrevistó a Osama Bin Laden en 1998. Cabe decir que Miller se acogió a los criterios de ABC y Greenwald a los de The Guardian. Yo no miro a Penn acogiéndose a ningún criterio editorial porque no tenía por qué . La revista es cuidadosa al llamar a la pieza de Penn como “visita secreta”.

Hay quien puede decir “se publicó y entonces es periodismo”. No es así. Rolling Stone publicó la narración de Penn sobre el encuentro y parece que impuso algunas condiciones editoriales, como que se dejara explícito que las preguntas fueron pactadas. La revista liberó la publicación luego de la captura oficial de El Chapo para no meterse en mayores líos. No hay que olvidar que se trata de una publicación prestigiada sobre cultura popular que ha publicado desde 1967 textos entre la literatura, el arte y el espectáculo.

Sontag, Capote, El Dalai Lama, Lennon y Keith Richards han pasado por sus páginas. Por pronto ya debe tener una semana histórica de clics, lo que persiguen desaforadamente muchas publicaciones online de nuestros tiempos. ¿Qué fue este encuentro? Un espectáculo producido y narrado por no profesionales del periodismo que es típico de estos tiempos con develaciones de interés periodístico innegables y que nos hace extrañar y señalar que en tiempos de redes y de creciente espectacularización de la información, el periodismo autónomo y ético sigue siendo necesario.

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