¿Jugada maestra o efecto de la reforma?

In Opinión by María Elena Meneses

Publicada originalmente en La silla rota

Aunque sorpresivo para los mexicanos que hemos padecido los efectos de la concentración empresarial en los sectores de las telecomunicaciones y la radiodifusión, la noticia de la venta y desincorporación voluntaria de activos por parte de América Móvil no es de ninguna forma una estrategia de negocio novedosa en el mundo. Sin embargo, el anuncio casi simultáneo a la aprobación de la ley secundaria en la materia en la Cámara de Diputados es inédito, en un país en el que los monopolios de ambos sectores crecieron sin regulación ni contrapeso alguno, acumulando no sólo poder económico, sino político.

La excesiva concentración ha dejado a las audiencias televisivas mexicanas sin diversidad ni pluralidad y con contenidos de baja calidad; a los usuarios de telefonía móvil e Internet con servicios caros, lentos y francamente malos. La desincorporación de activos en el sector de las telecomunicaciones es una medida a veces extrema, a la que han recurrido frecuentemente gigantes como AT&T o Deutsche Telekom para incursionar en mercados más atractivos y sortear así las medidas antimonopólicas impuestas por los Estados.

Si el Instituto Federal de Telecomunicaciones (IFT) aprobara las pretensiones de la empresa de Carlos Slim, ésta podría entrar a competir al atractivo mercado de la televisión de paga, dominado por Televisa. Con la ley secundaria, el preponderante en radiodifusión quedó libre para crecer en este rubro, gracias a que la televisión de paga fue considerada parte del sector telecomunicaciones. Una medida cuestionada porque la determinación de preponderancia por sector sobre los servicios en tiempos de convergencia no sólo era la más apropiada para propiciar más competencia, sino la que más beneficios representaría para los ciudadanos.

México es un país culturalmente televisivo y la televisión abierta, como en todo el mundo, cada vez contará con menos franjas de audiencias. Informes de consultoras globales sobre el mercado de medios y entretenimiento, como el de PricewaterhouseCoopers (PwC) 2014, dan cuenta de las tendencias de consumo televisivo en el mundo, sobre todo en economías emergentes, como es el caso de México. La televisión de paga y los servicios triple play son el objeto del deseo, el otro, es sin duda la telefonía móvil en la cual el dominio de América Móvil es contundente.

Las intenciones de la empresa de Slim de reducir sus activos a menos de 50% para eludir la preponderancia tendrán que ser aprobadas por el Instituto Federal de Telecomunicaciones, quien enfrentará así una de sus más importantes encomiendas al realizar un análisis riguroso que no deje duda de una efectiva desincorporación.

De concretarse América Móvil podría eludir también la obligación de compartir su infraestructura de red con otras empresas y con ello ahorrar varios millones de dólares y reinvertirlo en otros negocios. Por lo pronto a unas horas del anuncio, la mayor proveedora de servicios de telecomunicaciones en México y Latinoamérica obtenía una ganancia de 9.35% en la Bolsa Mexicana de Valores.

Probablemente, la determinación por sector no resultó tan errada, ya que es innegable que la reforma y su ley secundaria trajeron consigo la posible desagregación del gigante de las telecomunicaciones, lo que a la larga provocaría más competencia, uno de los objetivos de la reforma constitucional.  Así, los activos desincorporados pasarían a otro inversionista, que bien puede ser extranjero; Televisa tendría competidor de cuidado en el mercado de la televisión de paga y habría inversión.

Hasta aquí todo marcha aparentemente bien, sin embargo, otra lectura del sorpresivo anuncio es que luego de meses de aparente rendición ante la nueva normativa, el preponderante de las telecomunicaciones decidió poner sus propias reglas del juego. De esta forma resulta obligado alertar que los poderes fácticos creados bajo el cobijo de gobiernos en turno durante décadas no menguarán su poder e influencia, sino que sólo se transformarán. Mientras los mercados están alertas a la reacción del otro preponderante, los ciudadanos, ajenos a discusiones especializadas en el ámbito económico y tecnológico, sólo esperan que las reformas se traduzcan en beneficios para su vida cotidiana. La espera ha sido muy prolongada.

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