El celular no tiene la culpa

In Hemeroteca, Opinión, Publicaciones by María Elena Meneses

Este texto apareció originalmente en Virtualis. Blog sobre la sociedad digital en El Universal, el 25 de agosto de 2011.

Por María Elena Meneses

El teléfono celular y las formidables aplicaciones comunicativas han hecho realidad lo que en las revoluciones de hace más de un siglo se pensaba, era patrimonio de los panfletos y los periódicos, es decir, una suerte de poder agitador y movilizador, capaz de articular consensos en torno a una causa común.

Los celulares movilizan en instantes, tal como lo permiten los mensajes de texto, redes sociales como Twitter y otras plataformas que facilitan la autocomunicación de masas como denomina Manuel Castells al fenómeno que se desprende de la digitalización, en el que un individuo común puede entrar al ciclo de producción de mensajes, tengan estos un fin individual o colectivo.

A inicios de la segunda década del siglo se contabilizan más de 5 mil millones de usuarios, lo que equivale a más de la mitad de los habitantes del planeta. No sólo es la tecnología que más rápido ha crecido en cifras de penetración y de ingresos para las poderosas empresas de telecomunicaciones, sino que se ha establecido de manera contundente en nuestra vida cotidiana y productiva, al grado de que si olvidamos el celular nos sentimos extraviados.

Mucho se había disertado desde la década pasada sobre su poder de agente movilizador, hasta que las revoluciones árabes dieron a los científicos sociales la evidencia para demostrar su poder disruptivo ¿Qué tienen los celulares que no haya tenido otra tecnología de información y comunicación?

Sin duda el hecho de que cualquiera pueda entrar al ciclo de comunicación con su celular y emitir un mensaje que se transmite de forma viral y a escala global, articula un poder de disrupción que desestabiliza a las instituciones que ante este poder comunicativo, han optado por querer controlar Internet o incluso, desconectarla tal como lo hizo el exdictador Hosni Mubarak y recientemente Muamar Gadafi en Libia.

Algunas plataformas como Twitter o servicios de mensajes de texto tienen la osadía de diseminar información más rápido que los medios tradicionales, evadiendo los controles profesionales e inaugurando una ruta comunicacional ciudadano-ciudadano, muchos a muchos, que se contagia y dispersa de lo local a lo global en sólo minutos.

El sábado 21 de agosto los tuiteros mexicanos nos enteramos de la balacera en el estadio de Torreón a través de esta formidable aplicación para móviles, ya que TV Azteca la cadena de televisión que transmitía el partido de futbol, en una decisión controversial y reprochable decidió cortar la transmisión y poner a cambio un programa cómico.

Pero acaso a este poder comunicativo ¿se pueden adjudicar las causas de las movilizaciones sociales? Mirarlo así es un despropósito intelectual; la tecnología es una construcción social que no cobra significado si no es moldeada por la sociedad de acuerdo a su realidad y necesidades.

Las revoluciones democráticas en Africa del norte obedecen a causas estructurales como la pobreza, la falta de oportunidades para los jóvenes, la corrupción y la represión de Estados autocráticos como los que construyeron Mubarak y Gadafi.

En otros contextos y por otras causas, como en las movilizaciones recientes en Reino Unido los orígenes habrán de encontrarse en otra parte más allá de la Blackberry y Facebook, probablemente en una serie de variables que deben ser objeto de estudios rigurosos. ¿Qué había detrás de los jóvenes escondidos detrás de esas capuchas?

En el caso de México, los tuiteros de regiones afectadas por el narcotráfico han optado por manifestar su desazón e informarse a través de las redes, cuando la información oficial y los medios tradicionales optan por el silencio. Por este poder comunicativo nos explicamos la tentación de los líderes políticos ya fuere de Estados autocráticos o democráticos por controlar Internet.

La movilización social no es producto de la tecnología, pero es innegable que ésta se ha convertido en el mejor instrumento para mitigar la incertidumbre y articular el malestar social a través de diversas plataformas comunicativas. Desde El Cairo hasta Tootenham y Torreón tenemos ejemplos. Preservar la red como territorio netural, será una dura batalla en este siglo, quienes la desarrollaron así la pensaron, como un territorio de adquisición del saber y de innovación; de libertad de expresión y derecho a la información.

Los líderes políticos deberán de detenerse a pensar en las causas que llevan a la sociedad a tomar su celular para manifestar su malestar.

Fotografía “Occupy Wall Street Anonymous 2011 Shankbone” por David Shankbone @Flickr

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