Anonymous

In Hemeroteca, Opinión, Publicaciones by María Elena Meneses

Este texto apareció originalmente en Virtualis. Blog sobre la sociedad digital en El Universal, el 11 de noviembre de 2011.

Por María Elena Meneses

Anonymous es una asociación de hacktivistas que surge en 2003 y se autodefine como una legión revolucionaria que busca la justicia global. No tiene un centro, opera de manera descentralizada y, por tanto, no hay una cabeza de la organización.

Desde su nacimiento, ha protagonizado algunas acciones en contra de la iglesia de la cienciología y ha apoyado las acampadas registradas en Europa y, más recientemente, en Estados Unidos. También ha tenido un papel protagónico en países que han decidido criminalizar internautas mediante legislaciones que protegen los derechos de autor, como el caso de la “Ley Sinde” en España y la “Ley Sarkozy” francesa.

Su papel cobró notoriedad luego de la publicación de más de 400,000 documentos sobre la guerra en Irak, filtrados al sitio WikiLeaks, lo que llevó  al gobierno estadounidense y a sus aliados en Europa a una persecución en contra de Julian Assange, creador del controversial sitio.

Cuando bancos y empresas como PayPal, Visa y Mastercard decidieron cortar los fondos destinados a WikiLeaks, Anonymous les declaró una guerra cibernética. Desde entonces, se ha convertido en un desafío para los Estados, las empresas y el sistema financiero.

Se trata de un fenómeno propio de la sociedad digital en la que vemos cómo las redes penetran en todos los ámbitos de la vida social, política y en los centros de poder tradicional, de manera que cambian nociones como la privacidad, identidad, las fronteras nacionales y también las estructuras sociales que, en el mundo digital, se horizontalizan. Particularmente, lo que conocemos como Seguridad Nacional (mecanismos de Estado para preservar el orden social y económico) está siendo vulnerada por el poder informático.

En el caso de las recientes amenazas vertidas al grupo criminal Los Zetas, mediante un video, no sabemos si se trata de auténticos hackers de esta legión o de alguien que se hace pasar por ellos. Tampoco tenemos la certeza que quienes se infiltraron en el sistema de resultados electorales del estado de Michoacán hayan sido estos hacktivistas que, según ellos, desean acabar con la corrupción política.

Si se es anónimo, puede ser cualquiera, desde un criminal, una autoridad, el vecino o un estudiante de sistemas computacionales. La vulnerabilidad de Anonymous es que también puede ser infiltrado y su suerte de post identidad colectiva (todos somos Anonymous), también puede ser robada por otros anónimos, cuyas reivindicaciones no tengan que ver con la justicia global y el combate a la corrupción.

El anonimato y la información no verificada no sólo dificultan todo análisis  y construcción de hipótesis, sino que tienen efectos perniciosos.

Es un hecho que se ha  introducido un nuevo actor al escenario político y de seguridad en la era global con la peculiaridad, de que es anónimo y  que al verter amenazas y hackear sitios, sólo genera una guerra de informaciones no verificadas que  provocan especulación, desazón e incertidumbre entre los ciudadanos y la alerta de las policías cibernéticas.

¿En qué acabará todo esto?  Me temo que el efecto no será la paz, ni la libertad, ni el combate a la corrupción financiera y política, reivindicaciones que escuchamos  de un hombre bajo la máscara de Guy Fawkes con  acento español, sino en un control férreo de Internet mediante leyes que acabarán afectando a los internautas.

Deseo estar equivocada.

Anonymous v Co$

Fotografía “Anonymous vs Co $” por Joseph Nicolia @ Flickr

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El celular no tiene la culpa

Posted octubre 9th, 2011 in Opinión and tagged , , , , by María Elena Meneses

Este texto apareció originalmente en Virtualis. Blog sobre la sociedad digital en El Universal, el 25 de agosto de 2011.

Por María Elena Meneses

El teléfono celular y las formidables aplicaciones comunicativas han hecho realidad lo que en las revoluciones de hace más de un siglo se pensaba, era patrimonio de los panfletos y los periódicos, es decir, una suerte de poder agitador y movilizador, capaz de articular consensos en torno a una causa común.

Los celulares movilizan en instantes, tal como lo permiten los mensajes de texto, redes sociales como Twitter y otras plataformas que facilitan la autocomunicación de masas como denomina Manuel Castells al fenómeno que se desprende de la digitalización, en el que un individuo común puede entrar al ciclo de producción de mensajes, tengan estos un fin individual o colectivo.

A inicios de la segunda década del siglo se contabilizan más de 5 mil millones de usuarios, lo que equivale a más de la mitad de los habitantes del planeta. No sólo es la tecnología que más rápido ha crecido en cifras de penetración y de ingresos para las poderosas empresas de telecomunicaciones, sino que se ha establecido de manera contundente en nuestra vida cotidiana y productiva, al grado de que si olvidamos el celular nos sentimos extraviados.

Mucho se había disertado desde la década pasada sobre su poder de agente movilizador, hasta que las revoluciones árabes dieron a los científicos sociales la evidencia para demostrar su poder disruptivo ¿Qué tienen los celulares que no haya tenido otra tecnología de información y comunicación?

Sin duda el hecho de que cualquiera pueda entrar al ciclo de comunicación con su celular y emitir un mensaje que se transmite de forma viral y a escala global, articula un poder de disrupción que desestabiliza a las instituciones que ante este poder comunicativo, han optado por querer controlar Internet o incluso, desconectarla tal como lo hizo el exdictador Hosni Mubarak y recientemente Muamar Gadafi en Libia.

Algunas plataformas como Twitter o servicios de mensajes de texto tienen la osadía de diseminar información más rápido que los medios tradicionales, evadiendo los controles profesionales e inaugurando una ruta comunicacional ciudadano-ciudadano, muchos a muchos, que se contagia y dispersa de lo local a lo global en sólo minutos.

El sábado 21 de agosto los tuiteros mexicanos nos enteramos de la balacera en el estadio de Torreón a través de esta formidable aplicación para móviles, ya que TV Azteca la cadena de televisión que transmitía el partido de futbol, en una decisión controversial y reprochable decidió cortar la transmisión y poner a cambio un programa cómico.

Pero acaso a este poder comunicativo ¿se pueden adjudicar las causas de las movilizaciones sociales? Mirarlo así es un despropósito intelectual; la tecnología es una construcción social que no cobra significado si no es moldeada por la sociedad de acuerdo a su realidad y necesidades.

Las revoluciones democráticas en Africa del norte obedecen a causas estructurales como la pobreza, la falta de oportunidades para los jóvenes, la corrupción y la represión de Estados autocráticos como los que construyeron Mubarak y Gadafi.

En otros contextos y por otras causas, como en las movilizaciones recientes en Reino Unido los orígenes habrán de encontrarse en otra parte más allá de la Blackberry y Facebook, probablemente en una serie de variables que deben ser objeto de estudios rigurosos. ¿Qué había detrás de los jóvenes escondidos detrás de esas capuchas?

En el caso de México, los tuiteros de regiones afectadas por el narcotráfico han optado por manifestar su desazón e informarse a través de las redes, cuando la información oficial y los medios tradicionales optan por el silencio. Por este poder comunicativo nos explicamos la tentación de los líderes políticos ya fuere de Estados autocráticos o democráticos por controlar Internet.

La movilización social no es producto de la tecnología, pero es innegable que ésta se ha convertido en el mejor instrumento para mitigar la incertidumbre y articular el malestar social a través de diversas plataformas comunicativas. Desde El Cairo hasta Tootenham y Torreón tenemos ejemplos. Preservar la red como territorio netural, será una dura batalla en este siglo, quienes la desarrollaron así la pensaron, como un territorio de adquisición del saber y de innovación; de libertad de expresión y derecho a la información.

Los líderes políticos deberán de detenerse a pensar en las causas que llevan a la sociedad a tomar su celular para manifestar su malestar.

Fotografía “Occupy Wall Street Anonymous 2011 Shankbone” por David Shankbone @ Flickr

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